miércoles, 12 de junio de 2013

ORQUESTA DE VALENCIA - Rafael Frühbeck de Burgos - Viernes, 7 junio, 2013

Viernes 07 Junio 2013. 19:30                                   

Sala Iturbi.
ORQUESTA DE VALENCIA
Rafael Frühbeck de Burgos, director
N. Rimski-Korsakov
  • Scheherazade. Suite sinfónica

Igor Stravinski
  • Fuegos artificiales
  • La Consagración de la Primavera  

CRÓNICA DEL CONCIERTO 
Por Fernando León Amézqueta


 MÚSICA. VIDA. (I)
La primera vez a la que asistí a un concierto en mi vida debía yo rondar los 12 años. Fue en Lliria, y allí una banda –no recuerdo cuál de las dos, aunque creo que fue la Primitiva- interpretó el poema sinfónico “Sheherezade”, de Rimsky-Korsakov. Fue el descubrimiento de un mundo hasta entonces ignoto para mí. En la primera grabación de música clásica que me compré, Leonard Bernstein y la Filarmónica de Nueva York acometían también la sudodicha obra. Y allá por el año 1988 fui a mi primer concierto en el Palau de la Música de Valencia. Sobre los atriles, de nuevo “Sheherezade”, e interpretando nada menos que la Filarmónica de Leningrado comandada por Yuri Temirkanov (cuánto daría por volver a estar en ese concierto, con la experiencia de hoy en día). Años más tarde escucharía de nuevo la obra en el Palau, esta vez con la orquesta del Concertgebouw de Amsterdam y Gennadi Rozhdestvensky en el podium (en este concierto escuché la ovación más atronadora que he escuchado nunca, dirigida a un joven músico valenciano, entonces solista de fagot de la orquesta). Por el camino, nuevas grabaciones que fueron llegando, siendo las de Stokowski (con la Sinfónica de Londres), Temirkanov (con Nueva York) y Beecham (con la Royal Philharmonic) las más notables.
Por su parte, “La Consagración de la Primavera” de Stravinsky la conocí de manos de quien había llevado a cabo su estreno en París en 1913, Pierre Monteux, en su grabación tanto con la Sinfónica de Boston como con la orquesta del Conservatorio de París. Luego vendrían Markevich, Mata, Boulez, Gergiev, Salonen… En directo, sin embargo, sólo la había escuchado una vez antes que ésta, hace ya muchos años, con la propia Orquesta de Valencia (qué diferente de la de ahora…) dirigida por su entonces titular Manuel Galduf (de quien se citaba su “genealogía Markevichiana” en el estudio de esta obra, por cierto).
Bien, pues con todo este bagaje acudí el pasado viernes de nuevo al Palau de la Música de Valencia a escuchar a su orquesta residente, que hacía varios años que no veía (desde una segunda de Mahler con Yaron Traub) y a un director a quien nunca había visto en directo, Rafael Frübeck de Burgos, quien se puede considerar junto con Ataulfo Argenta el más importante director español en cuanto a proyección y prestigio internacional que ha habido en los últimos cien años. Además era el primer concierto “serio” al que iba a acudir con Diego. Por todo ello, las emociones estaban ya “a flor de piel” desde que nos íbamos aproximando al Palau. La sensación de estar ante todo un acontecimiento era palpable. La tarde prometía.

MÚSICA. VIDA. (II)

Palau de la Música de Valencia. Viernes 7 de junio de 2013. Orquesta de Valencia. Rafael Frübeck de Burgos.
En la música sinfónica interpretada ya a partir de un cierto nivel técnico y artístico (por debajo, con ser capaz de hacer sonar todas las notas en su justo lugar ya es bastante), a menudo el director ha de buscar un compromiso básico entre el todo y las partes que lo componen. Al igual que en la alta cocina hoy en día se busca que el comensal perciba un “acorde de sabor” perfecto cuando prueba un plato, pero que a la vez sea capaz de percibir diferenciadamente cada uno de los ingredientes que lo componen, también en la interpretación orquestal ha de buscarse un equilibrio entre el sonido percibido como conjunto, como si la orquesta fuera un único instrumento, y la diferenciación de cada uno de los planos sonoros que lo componen. Unos directores priorizan más la línea del discurso musical, el “torrente sonoro” percibido como un todo, mientras otros se afanan en clarificar las texturas, en separar de modo analítico los sonidos y las notas que cada grupo instrumental va aportando al conjunto. La conjunción de ambos planteamientos en una misma interpretación sólo está al alcance de los grandes.
Y de grande demostró que tiene mucho Rafael Frübeck de Burgos, quien a sus casi 80 años de edad llevó a cabo un concierto memorable con la Orquesta de Valencia. Bien es cierto que quizá se pudo echar en falta en algún momento una pizquita de “desparrame” (perdón por la expresión, pero no se me ocurre nada mejor), pero quizá eso sería propio de otras edades y otras intenciones. A cambio, el director y la orquesta nos regalaron una auténtica “Master Class” de control orquestal, de transparencia extrema en la que TODO se escuchó con meridiana claridad. Tanto “Sheherezade” de Rimsky-Korsakov como “La Consagración de la Primavera” de Stravinsky fueron diseccionadas hasta el extremo, de manera que en ambas obras pudimos ver el armazón que las sustenta hasta un punto que, en mi caso, me resultó hasta turbador: visité lugares en los que nunca había estado. Un absoluto control de las partituras exhibido por parte del director, y una orquesta maravillosa que con absoluta concentración y confianza en quien les llevaba entre sus manos, tocó como yo nunca pensé que podría llegar a ver tocar. Siempre con intención, siempre “en el filo de la navaja”, con pausa, con gusto, con la actitud propia de quien está dando lo mejor de sí mismo. Un auténtico placer y una delicia para quien allí estuvimos. Creo sinceramente que faltó una respuesta más entusiasta por parte del público, otras veces tan entregado según qué batutas y qué centurias. Creo que lo merecieron. Que lo mereció un solo gesto por parte del maestro: cuando, instantes antes del clímax cercano al final de Sherezade, reunió todas sus fuerzas para levantarse del asiento, asir con ambas manos la batuta y conjurar toda la energía de la que fue capaz en ese clímax. En ese instante, lo que impulsaba a ese enjuto y anciano cuerpo a levantarse era toda su pasión, toda su entrega, su honestidad, su VIDA entera, que pasó en un instante fugaz ante nosotros. Dichosos los que lo pudieron ver. Hasta siempre, Maestro.